Los fiordos del este

Una de las zonas de Islandia que más sorprende por sus contrastes son los fiordos del este. La carretera discurre sinuosa entre el mar y las laderas de las montañas, de colores grises y negros que se tornan verdes según vas subiendo hacia el norte.

Comencé el recorrido desde Höfn, un pequeño pueblo pesquero ideal para parar a pernoctar y que cuenta varios supermercados, gasolineras y fincas de caballos, que mira que son coquetos. Pasé la noche en el Höfn Hostel, un albergue remodelado, por 95 euros la habitación privada con baño (mejor que muchos hoteles del país) y cuenta con una enorme cocina compartida y salón comedor. La verdad es que fue uno de los mejores alojamientos en los que estuve. Si quieres algo más económico también hay habitaciones mixtas con baño compartido, todo muy limpio y nuevo. Aquí coincidí con el mismo grupo de españoles de viaje organizado que iban en el mismo barco de la laguna glaciar.

La primera parada de la ruta es la zona de Vesturhorn, donde reina una singular calma en las aguas tranquilas del mar, sobre las que se reflejan las montañas. Además, multitud de aves y patos lo convierten en un paraje asombrosamente hermoso y pacífico. En la carretera encontrarás un desvío que llega a la famosa playa negra salvaje de Stokknes, el paraíso para los fotógrafos. Creo que hay pagar para acceder.

Siguiendo el camino se atraviesa una vasta llanura que atraviesan ríos y marismas, creadas por el agua del deshielo del glaciar, y donde tienes la sensación de estar a cientos y cientos de kilómetros de la sociedad.

La carretera se va volviendo cada vez más solitaria y con muchas curvas, discurriendo entre la ladera de las montañas y el mar. Lo bueno es que hay varios ensanches para parar y disfrutar del espectacular paisaje.

Atravesar en coche los fiordos puede resultar algo tedioso y agotador, porque la carretera tiene que bordearlos y eso requiere conducir durante bastantes kilómetros. Sin embargo, lo compensa con creces la belleza del entorno. Apenas hay pueblos ni gasolineras, así que procura ir con el depósito del coche lleno.

Tras varias horas al volante llegas al pueblo de Egilsstaðir, al norte, un punto que puede servir de campamento base para pasar la noche y visitar los alrededores. Cuenta con gasolineras y supermercados. Desde aquí hay dos desvíos interesantes, uno hacia la costa este, al pueblo de Seyðisfjörður, y el otro es seguir la Ring Road hacia el oeste y bajar hacia dos recónditas y espectaculares cataratas, Litlanesfoss y Hengifoss,.

Seyðisfjörður se hizo muy popular como icono LGTBI cuando instalaron una acera de baldosas arcoiris que casi llega hasta una preciosa iglesia de color azul cielo. Tiene apenas 700 habitantes y es uno de los centros «artísticos» de Islandia, además de ser un puerto importante para la costa Este, estratégicamente hablando, en el que hacen parada los ferris y cruceros que llegan a Islandia desde Dinamarca. Para llegar a este pintoresco pueblito tienes que tomar el desvío 93 y subir un puerto de montaña durante casi una hora. Por el camino puedes parar a ver la bonita catarata Fardagafoss, que está al lado de la carretera. Un poquito antes de llegar al pueblo recorrerás la famosa «bajada en carretera», protagonista de una maravillosa escena de la película «La vida secreta de Walter Mitty«, con Ben Stiller en patinete.

De nuevo en Egilsstaðir, si tienes tiempo, puedes tomar el desvío 931 para llegar hasta dos cascadas que caen entre rocas de basalto, la de Litlanesfoss y la de Hengifoss, a las que no pude ir por falta de tiempo.

Volviendo de nuevo a la Ring Road aparece el desvío 923 hacia el Cañón de Stuðlagil, uno de esos lugares mágicos que verás en multitud de post de Instagram. Se trata de un desfiladero formado por altas columnas negras de basalto por el que discurre un río con aguas de intenso color turquesa. Hay que tomar un camino de tierra durante 25 minutos hasta el parking Klaustrusel. No es necesario un 4×4 pero es recomendable para no quedarse atascado en el camino.

Una hora después pasarás junto a un parking en el que hay que hacer una parada obligada, situada en un alto de montaña en la que disfrutarás de un alucinante paisaje lunar. Una gran llanura negra con cráteres, montañas al fondo y, si los rayos del sol aparecen, se ilumina de tonos dorados las zonas en las que ha crecido algo de vegetación. Durante todo este trayecto se nubló, llovió, bajó la niebla y a ratos se colaba el sol del atardecer, creando un precioso contraste de colores en el terreno.

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